Por: Misión Totus Tuus.
En una ciudad muy lejana, vivía un hombre, de contextura delgada, cabello liso, ojos verdes y con una agradable sonrisa. Este hombre llamado Juan trabajaba de lunes a viernes en una humilde panadería en el centro de la ciudad y los fines de semana se dedicaba a estudiar porque soñaba con un día llegar a ser un gran escritor; él, era un apasionado por la lectura, disfrutaba mucho leer sobre la vida de los santos y así como ellos procuraba siempre encontrar su misión en este mundo.
Juan, era soltero y no se preocupaba por el hecho de tener 33 años y no tener una esposa y unos hijos. Su vida giraba en torno a su trabajo, el cual le gustaba mucho porque sentía que cada pan que hacia era una obra de arte con la cual alegraba a las personas que los consumían.
Normalmente, a Juan le gustaba ir de su casa a la panadería caminando, no le importaba si llovía o hiciera mucho sol. Durante el camino al trabajo siempre iba sonriendo, tratando de alegrar a las personas que se encontraban a su alrededor, él pensaba que esa era una de las misiones de su día a día, alegrar a la gente. En su bolso solía llevar siempre cinco panes que iba repartiendo en pequeñas porciones a las palomas que iba encontrando en el camino.
Un día de junio, Juan al salir de su casa, tomó la decisión de irse al trabajo por otro camino al que habitualmente recorría, con el fin de conocer más lugares de la ciudad y darle de comer a otras palomas. Después de diez minutos de camino, al voltear en una esquina se encontró con una calle muy particular, ésta era diferente a las otras, era un poco más oscura, solitaria y sucia, a su parecer inhabitable por cualquier ser.
Juan por un momento se detuvo, pensando si continuaba por esa calle o tomaba otro camino. Sin embargo, nada impidió que él transitara por esta calle, al contrario, comenzó a detallar cada cosa que iba encontrando a su paso. Notó que el piso estaba agrietado y húmedo, que las paredes de lado y lado se encontraban pintadas con diferentes mensajes en aerosol, haciéndola parecer mucho más tenebrosa de lo que en realidad era.
Al finalizar su recorrido por esa calle, se encontró con algo inesperado, era una familia; un padre, una madre y tres pequeños niños. Este particular encuentro impresionó mucho a Juan porque él era el menor de tres hermanos y además recordó a sus padres que se encontraban en un pequeño pueblo lejos de la ciudad, pues Juan cuando cumplió veinte años había decidido mudarse a la ciudad y dejar a su familia para poder alcanzar su sueño de ser un gran escritor.
Juan miró con gran ternura a esta familia y se dio cuenta que tenían hambre, en aquel momento escuchó una voz en su corazón que le decía: “Dales tú de comer, en ellos estoy yo”. Fue cuando Juan con gran valentía en su corazón se acercó tímidamente pero siempre sonriendo hacia esta familia, se inclinó y sacó del bolso los cinco panes que llevaba consigo y se los dio. Mientras ellos iban comiendo conversaban con Juan sobre sus vidas, sobre sus sueños, sobre sus necesidades…
Después de unos minutos, el padre miró hacia el cielo y dio las gracias a Dios por la comida que había recibido de parte de Juan; Juan un poco intrigado le preguntó: ¿por qué le das tantas gracias a Dios si sólo fueron cinco panes? El señor mirándolo con gran ternura le respondió: Dios ha sido siempre fiel, nunca nos ha hecho padecer y hoy hemos visto cómo cada día envía a su Hijo Jesús para ayudarnos y darnos comida.
Juan asombrado por la respuesta de aquel hombre, miró al cielo y comprendió que él era las manos que necesitaba Dios para seguir dando de comer a muchas más personas y que Jesús le decía nuevamente en su corazón “Dales tú de comer, en ellos estoy yo, lo que haces por ellos por mí lo haces”.
Desde ese día Juan acostumbra a recorrer la ciudad con cinco panes, buscando a Jesús necesitado y hambriento, no sólo de pan sino de una sonrisa.
“Cuando Jesús recibió la noticia, se fue de allí él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra. Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud; sintió compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban. Como ya se hacía de noche, los discípulos se le acercaron y le dijeron:
Juan, era soltero y no se preocupaba por el hecho de tener 33 años y no tener una esposa y unos hijos. Su vida giraba en torno a su trabajo, el cual le gustaba mucho porque sentía que cada pan que hacia era una obra de arte con la cual alegraba a las personas que los consumían.
Normalmente, a Juan le gustaba ir de su casa a la panadería caminando, no le importaba si llovía o hiciera mucho sol. Durante el camino al trabajo siempre iba sonriendo, tratando de alegrar a las personas que se encontraban a su alrededor, él pensaba que esa era una de las misiones de su día a día, alegrar a la gente. En su bolso solía llevar siempre cinco panes que iba repartiendo en pequeñas porciones a las palomas que iba encontrando en el camino.
Un día de junio, Juan al salir de su casa, tomó la decisión de irse al trabajo por otro camino al que habitualmente recorría, con el fin de conocer más lugares de la ciudad y darle de comer a otras palomas. Después de diez minutos de camino, al voltear en una esquina se encontró con una calle muy particular, ésta era diferente a las otras, era un poco más oscura, solitaria y sucia, a su parecer inhabitable por cualquier ser.
Juan por un momento se detuvo, pensando si continuaba por esa calle o tomaba otro camino. Sin embargo, nada impidió que él transitara por esta calle, al contrario, comenzó a detallar cada cosa que iba encontrando a su paso. Notó que el piso estaba agrietado y húmedo, que las paredes de lado y lado se encontraban pintadas con diferentes mensajes en aerosol, haciéndola parecer mucho más tenebrosa de lo que en realidad era.
Al finalizar su recorrido por esa calle, se encontró con algo inesperado, era una familia; un padre, una madre y tres pequeños niños. Este particular encuentro impresionó mucho a Juan porque él era el menor de tres hermanos y además recordó a sus padres que se encontraban en un pequeño pueblo lejos de la ciudad, pues Juan cuando cumplió veinte años había decidido mudarse a la ciudad y dejar a su familia para poder alcanzar su sueño de ser un gran escritor.
Juan miró con gran ternura a esta familia y se dio cuenta que tenían hambre, en aquel momento escuchó una voz en su corazón que le decía: “Dales tú de comer, en ellos estoy yo”. Fue cuando Juan con gran valentía en su corazón se acercó tímidamente pero siempre sonriendo hacia esta familia, se inclinó y sacó del bolso los cinco panes que llevaba consigo y se los dio. Mientras ellos iban comiendo conversaban con Juan sobre sus vidas, sobre sus sueños, sobre sus necesidades…
Después de unos minutos, el padre miró hacia el cielo y dio las gracias a Dios por la comida que había recibido de parte de Juan; Juan un poco intrigado le preguntó: ¿por qué le das tantas gracias a Dios si sólo fueron cinco panes? El señor mirándolo con gran ternura le respondió: Dios ha sido siempre fiel, nunca nos ha hecho padecer y hoy hemos visto cómo cada día envía a su Hijo Jesús para ayudarnos y darnos comida.
Juan asombrado por la respuesta de aquel hombre, miró al cielo y comprendió que él era las manos que necesitaba Dios para seguir dando de comer a muchas más personas y que Jesús le decía nuevamente en su corazón “Dales tú de comer, en ellos estoy yo, lo que haces por ellos por mí lo haces”.
Desde ese día Juan acostumbra a recorrer la ciudad con cinco panes, buscando a Jesús necesitado y hambriento, no sólo de pan sino de una sonrisa.
“Cuando Jesús recibió la noticia, se fue de allí él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra. Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud; sintió compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban. Como ya se hacía de noche, los discípulos se le acercaron y le dijeron:
—Ya es tarde, y éste es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.
Jesús les contestó:
—No es necesario que se vayan; denles ustedes de comer.
Ellos respondieron:
—No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados.
Jesús les dijo:
—Tráiganmelos aquí.
Entonces mandó a la multitud que se sentara sobre la hierba. Luego tomó en sus manos los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, pronunció la bendición y partió los panes, los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos; recogieron los pedazos sobrantes, y con ellos llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños”.
(Mt 14,13-21)

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